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Criar en el siglo XXI, es agotador!

Criar en el siglo XXI, es agotador!

Luciano Lutereau: “El temor permanente de traumar a los niños los deja en un lugar mucho más traumático”

En su nuevo libro, Crianza para padres cansados, el psicoanalista y doctor en filosofía y la chilena Trinidad Avaria le ponen el hombro a la angustia paternal y dicen lo que como padres no nos animamos a decir (¡que los chicos son insoportables!).

 

"El problema de que hoy en día los padres nos pensamos desde la gratificación y tenemos la idea de que nuestra misión es hacer felices a nuestros hijos", dice Luciano Lutereau.

Crianza para padres cansados. Preguntas que no pasan de moda(Indie Libros) nació con un título tentador: ¿qué persona que críe en estos tiempos no se siente interpelada por esta afirmación? ¿Acaso ser padre y -sobre todo- madre no es casi sinónimo de estar cansada/o? Y si los psicoanalistas Luciano Lutereau y Trinidad Avaria prometen conclusiones que alivien -al menos un poco- la mochila de todos los “deber ser” que hoy rodean la mapaternidad, resulta aún más prometedor.

Lutereau es doctor en filosofía y psicología, docente e investigador en la UBA y autor de numerosos libros, como Más crianza, menos terapia, y Esos raros adolescentes nuevos. Avaria es directora de Casa del Encuentro de Fundación Santa Ana y es fundadora del Colectivo Trenza, donde combina psicoanálisis y género.

Juntos detectaron el “creciente número de imperativos que hacen que los padres vivan acuciados y con preocupaciones sobre si hacen las cosas bien o mal” y se pusieron en marcha.

Lutereau describe a Clarín: “El libro busca oír la angustia de los padres de hoy en día y responder que lo importante no es cumplir con una función abstracta (el ideal de parentalidad), sino ser los padres de nuestros hijos, con aciertos y tropiezos, ya que éstos también cumplen su rol en un aprendizaje que es para las dos partes. Nadie sabe cómo ser padre y, por cierto, lo que se hizo con un hijo apenas sirve con otro. La parentalidad es un desafío que se reinicia cada vez”.

- Si hay algo que los padres tienen en común en este tiempo es el hecho de estar cansados… Pero, ¿de qué están cansados los padres y madres hoy?

- Estamos cansados porque, por un lado, la crianza es un esfuerzo continuo en un mundo en el que, además, hay varias otras demandas que se volvieron constantes (por ejemplo, las del trabajo); por otro lado, porque los niños ¡son insoportables! Es decir, si su demanda no fuese permanente no serían niños. Esto es normal y, por cierto, fingir que podría ser de otro modo ya es un engaño.

A esto se suma el problema de que hoy en día los padres nos pensamos desde la gratificación y tenemos la idea de que nuestra misión es hacer felices a nuestros hijos. Esta idea puede ser muy problemática. Puedo reconocerme en el deseo de que mi hijo sea feliz, pero no creo que yo tenga o pueda ser la causa de su felicidad.

Desde este punto de vista, creo que puede ser mucho más exigente o, para peor, plantear la condición de que su alegría sea una forma de comprobar que soy buen padre. Pienso que puede haber pocas cosas más sufrientes para un niño que la expectativa parental de que tenga que estar contento.

La contracara de esta situación la tenemos en los padres que no pueden ver a su hijo angustiado sin angustiarse y ahí tenemos una inversión de la relación: el niño no se angustia para evitar que los padres se pongan mal. Así es que le toca al hijo contener al padre, y no al revés.

- En el libro dicen que “el tiempo no es algo que se tenga, sino algo que se consigue”, y se preguntan “cómo podemos robarle un poco de tiempo al cansancio generalizado”. ¿Hay una fórmula? ¡¿Cuál?!

- En el libro planteamos que nuestro cansancio también se debe a un estilo de vida que es principalmente ansioso, que nos lleva a hacer cosas de un modo planificado y porque es “lo que hay que hacer”, sin interrogar su sentido y, mucho menos, permitiéndonos fallar a las expectativas.

Criar requiere hacer valer excepciones, hacer valer que no se puede hacer todo y, además, abrirse a la práctica de delegar. No solo otras ocupaciones, sino a veces también el cuidado de nuestros hijos. En libro también decimos que algo propio de nuestra época es pensar al padre y/o la madre como figuras de absoluto saber, que a veces ni siquiera se apoyan en otras personas del entorno (abuelos, tíos, amigos), y ese ideal de saber todo sobre nuestros hijos también es agotador; se basa en la inseguridad para atender a lo importante, para distinguir entre lo urgente y lo que puede esperar.

En nuestra cultura, los padres y las madres ya están bastante solos, por las modificaciones que sufrió la familia en los últimos cien años, que la desarticularon de otros ámbitos familiares. Frente a eso, “hacerse” el tiempo es estar dispuesto a salir de la máquina de cumplir, pero también a relacionarse con otros desde un lugar menos omnipotente.

- Más allá de compartir más tiempo juntos en casa, ¿cómo afectó la pandemia a la crianza?

- Un efecto inmediato fue que los padres absorbieron un rol pedagógico: ¡nos volvimos casi preceptores! Y esto representó un problema, porque la escuela es también un lugar de distracción. ¿Qué hacemos si –como me ocurre con mi hijo– cuando pasamos cerca del escritorio en que está con la computadora, vemos que esconde un muñeco con el que juega mientras hace de cuenta que presta atención? ¡Me niego a retarlo por eso!

Si acaso llegan malas notas, hablaré de la cuestión pero, mientras tanto, entiendo que la escuela es también un lugar para que ejerza su libertad de pensar en otra cosa mientras la docente habla. Parece un ejemplo extremo, pero no creo que lo sea. Es que tengo confianza en que él puede ocuparse de sus cosas sin que yo tenga que estar detrás de él; no hay modo de que sea autónomo si no dejo que haga su experiencia. Insisto en que esto que digo no es un modelo a seguir, es el modo en que yo me relaciono con mi hijo, nada más. Cada padre tiene que buscar el suyo.

- La tendencia de crianza actual (¿“respetada”?) transforma a la familia en “una asamblea permanente” -tal como ustedes lo describen-. ¿De qué manera participar a los niños en las decisiones sin perder autoridad?

- Hay decisiones de las que los niños pueden participar y otras que no. También es parte del crecimiento de un niño estar excluido del deseo de los adultos. Cada tanto, recordarle a un niño que es un niño, puede ser un alivio.

Asimismo, hoy en día es un problema cada vez más común que los niños sean invitados a decidir sobre cuestiones que los exceden, por ejemplo, qué tienen que querer los padres. Creo que esto es algo que sobrevino en el último tiempo, cuando el temor permanente de traumar a los niños los deja en un lugar mucho más traumático: ver a sus padres desorientados.

La autoridad no es imponer una decisión, pero sí tener más o menos en claro que se quiere, y cuáles son los roles. Ser el padre de un niño es tolerar una asimetría; la relación entre padres e hijos puede tender a ser lo más igualitaria posible, pero nunca será simétrica si es tal.

- Esto se relaciona con una de las cuestiones clave de estos tiempos de 24 horas juntos: ¿cómo poner límites y corrernos del “retarlos con amor”?

- En el libro retomamos la idea de la psicoanalista Francoise Dolto de que retar a un niño es muchas veces un modo de evitar un castigo que venga por otro lado implícito; no son pocos los padres que dicen que no quieren retar a un hijo, pero luego dicen que pierden el control o se desbordan.

Retar a un niño es para no culpabilizarlo de más, también para darle la oportunidad de reparar un acto. Claro que esto no puede ocurrir a cualquier edad, ya que la condición mínima para este paso es que un niño sea capaz de pensar a partir de consecuencias. En un niño de dos años, por ejemplo, esto no ocurre; por eso es preciso pensar diferentes estrategias según el momento evolutivo.

"En nuestra cultura, los padres y las madres ya están bastante solos, por las modificaciones que sufrió la familia en los últimos cien años, que la desarticularon de otros ámbitos familiares", asegura Luciano Lutereau.

- ¿Por qué la generación actual de padres “intentamos criar hijos, pero seguimos en posición de hijos”? ¿Cómo nos afecta esto?

- Porque esperamos reparar con nuestros hijos nuestra propia infancia. Hay un eslogan que se volvió popular en estos años, que dice: “Sé con tu hijo el padre (o madre) que te hubiera gustado tener”. Nada más peligroso, porque más bien se trata de ser el padre que un hijo necesita y para eso es importante descentrar aquellas heridas que quedaron de nuestra propia infancia, asumir lo que hubo y lo que no, sin que un hijo venga a ser una especie de referí en una competencia con nuestros propios padres.

- Aseguran que cada vez más padres consultan pidiendo “algo así como una asesoría en crianza, sin un síntoma específico de sus hijos, sino más bien demandando que los ayudemos a criar”. ¿Por qué creen que ocurre esto? ¿Cómo se vinculan los miedos de creer que se está criando “mal” relacionado con un mandato social que bombardea con el “deber ser”?

- La relación es completa. Que las funciones de crianza no se aseguren hoy en día a partir de una transmisión y un conjunto de saberes compartidos, hace que muchos más padres busquen “tips” o le pidan a Google alguna información; pero ¡la información no compromete con un rol! Si la información queda librada a sí misma, solo sirve para preocuparse porque no empodera ni da escenarios concretos para actuar. Como dije antes, los padres estamos bastante solos hoy en día, porque además este mundo es muy expulsivo con los niños y quienes se dejan llevar por ese deseo pareciera que a veces tienen que pagar de más o justificarse.

En la consulta específica ocurrió de un tiempo a esta parte que muchas veces los padres consultan por cuestiones que en términos generales son normales y la pregunta, en este punto, es por qué la normalidad se hizo tan inquietante, porque no podemos reconocer la normalidad sin patologizarla; tal vez porque dejamos creer que la normalidad implica conflictos, que el crecimiento en un niño es a través de conflictos y siempre existen esos tiempos en que es preciso cuidar, acompañar y esperar. Por eso mi primer libro sobre este tema se llamó Más crianza, menos terapia.

- “Probablemente hoy en día no exista una tarea más difícil en este mundo que la de criar a un niño”. ¿Cómo fue, y es, su propia experiencia en este rol? ¿Qué les hizo más cortocircuito entre el decir y el hacer, entre la teoría y la práctica?

- En este punto, con Trini compartimos la idea de que quien teoriza no es la misma persona que, luego, vive junto a sus niños. Pensar en la figura de “padres cansados” fue una idea que surgió a partir de una columna que escribimos con frecuencia quincenal para un periódico chileno, en el que recibíamos consultas de padres y madres con las que nos sentíamos identificados y nos preguntábamos, ¿qué podemos decirles como especialistas si nos pasa lo mismo?

Entonces, no se trata de creerse especialistas, no en el sentido de seres exceptuados, o que saben qué hay que hacer, sino más bien como padres concretos, reales, que viven desde el conflicto la situación de acompañar a nuestros hijos y nos preguntamos, en cada ocasión, qué hacer. Este libro habla de todos nosotros, nuestros lectores y nuestros hijos, para armar una red en que sentirnos juntos y que no importen tanto las respuestas, sino la orientación que dan esas preguntas que ­–como dice el subtítulo– no pasan de moda.

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